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lunes, 26 de octubre de 2015

Capítulo 82.


   En la sala de examen de urgencias, Jacobo estaba echado en la camilla mientras Julia y Mauricio le acompañaban. De pronto entro el médico. Este era un hombre muy alto y de gafas de concha con gruesos cristales para corregir una gran miopía, que hizo que a Julia le recordase al actor Jeff Goldblum, uno de sus favoritos. El hombre, de simpática sonrisa y melena rizada, se dirigió a Jacobo.

- Hola, buenas noches, aunque ya esté amaneciendo, la verdad. Soy el Dr. Zavala.


  Los dos hombres estrecharon sus manos.


- Hola, doctor Zavala.-dijo escuetamente Jacobo, que apenas podía incorporar medio cuerpo de la camilla.


- Yo soy el Dr. Álvarez, amigo de la familia.-se presentó Mauricio ofreciéndole la mano.


- Le conozco, Dr. Álvarez.-dijo el atractivo y altísimo médico.-Mi tío, el Dr. Recio me habla muy a menudo de usted.


- Ah, con que eres Primitivo Zavala, el sobrino de ni viejo amigo Rafael Recio.


- Sí, ese es mi tío.-admitió el atractivo médico.-Bueno comencemos que si no me dan las uvas.-miró a Jacobo mientras pasaba distraídamente las hojas de una carpeta de clip de las que se usan en los hospitales para guardar los datos de los pacientes en tratamiento mientras son visitados.-En el informe que yo tengo dice que usted fue operado de urgencias de apendicitis ¿correcto?


   Jacobo asintió.


- Así es, si. Me operaron hace un par de meses, a primeros de junio, y tengo que reconocer que no me sentí recuperado en ningún momento. Sé que los médicos tenemos famas de malos pacientes, y en mi caso es absolutamente cierto, lo admito, pero no he pedido que me hagan una revisión en el hospital donde yo ejerzo y mire, ahora en urgencias de nuevo.


- ¿De qué hospital estamos hablando?-quiso saber el Dr. Zavala, que aparentaba tener unos cinco o seis años menos que Jacobo, es decir, que sería más o menos de la edad de Julia, o tal vez algo más joven incluso.


- El del Sagrado Corazón, en la provincia de Ourense.-dijo Jacobo mientras daba muestras de tener bastante dolor.


- No lo he oído, o puede, que no me acuerde.-admitió el atractivo Dr. Zavala.


  Julia, impaciente, intervino.


- Dr. Zavala, no quiero parecer grosera pero ¿no cree que debería dejar esta conversación para otro momento e investigar qué le pasa a mi marido?


   Primitivo Zavala sonrió mientras asomó sus pequeños ojos castaños por encima de la gruesa montura negra de sus gafas, con cristales de considerable graduación.


- Tiene razón. Deme un minuto que voy a buscar el ecógrafo portátil y veremos que tenemos ahí adentro.


   Jacobo estaba aún echado en la camilla con la ropa puesta. En ese momento llegó una alta enfermera de cortos cabellos oscuros y prominente nariz aguileña que se dirigió al hombre con una agradable sonrisa pintada de color rosa chicle, que hacía daño a la vista, según opinó Julia.


- Señor Carreiras, le he traído un camisón abierto por detrás para que esté más cómodo. ¿Necesita ayuda para cambiarse?


   Julia intervino.


- No se preocupe enfermera, ya le ayudo yo.-dijo decidida.


- De acuerdo.-la enfermera iba a salir cuando se fijó en Mauricio.-Usted, si es tan amable, espere afuera, por favor.


   Mauricio asintió pero dijo:


- Lo entiendo, pero es que yo soy amigo de la familia y trabajé aquí durante toda mi vida laboral.


- Pero…


  En ese momento regresó el médico y al escuchar a Mauricio se dirigió a la enfermera.


- Disculpa Maribel, este señor es el Dr. Mauricio Álvarez, te he hablado de él en repetidas ocasiones ¿te acuerdas?. Era mi mentor cuando yo estaba haciendo la residencia aquí.


  La enfermera asintió y miró a Mauricio.


- Disculpe, Dr. Álvarez, no sabía quién era. Lo siento.-se notaba el embarazo en la voz de la mujer de unos cuarenta años y marcado acento gaditano.


- No se preocupe, enfermera.-respondió el hombre con una sonrisa en los labios.
Mauricio y Julia se colocaron al lado contrario donde estaba el médico manipulando el ecógrafo y cuando acabó de programarlo adecuadamente se dirigió a Jacobo.


- Jacobo, ahora voy a levantarle la camisola y le voy a aplicar en el abdomen un gel que está muy frío, no se me vaya a caer de la camilla del susto.-dijo sonriendo para tratar de calmar el ambiente.


   Jacobo sonrió cansadamente.


- Tranquilo, estoy familiarizado con esto. Recuerde que soy ginecólogo y estoy harto de hacer ecografías.-explicó sin dejar de darse masajes en el vientre.


   El médico sonrió.


- Es cierto, que despiste tengo, por Dios.-dijo a modo de disculpa.-En fin, vamos allá.


  Después de agitar el bote de lubricante especial para ecografías, lo puso boca abajo y haciendo un rápido movimiento de muñeca, empezó a poner sobre el vientre de Jacobo una buena cantidad que luego comenzó a repartir de forma homogénea con la sonda que salía al exterior desde un enorme mueble parecido a un viejo ordenador. Durante unos segundos no dijo nada, se limitó a mover el sensor, de forma cóncava, de una parte a otra del abdomen de Jacobo, hasta que llegó a la parte derecha, justo donde estaba la reciente cicatriz de la apendicetomía. Al pasar sobre ella, Jacobo no pudo reprimir un fuerte alarido.


- ¿Le he hecho daño?-preguntó el médico levantado el brazo de repente.


- Sí, bastante.-dijo Jacobo.-Me duele por toda la zona próxima a la sutura.


-¿Cuánto hace que le intervinieron, Jacobo?


- Un par de meses.-respondió el hombre, que se llevó las dos manos al vientre.-Que dolor, madre mía…uff.


- Ya voy entendiendo.-dijo el médico sin dejar de mirar al monitor. De repente algo pareció llamarle la atención.-Un momento...-acercó tanto la cara al monitor que dio la impresión de que acabaría dentro.-Esto es…raro…muy raro, Umm...-dijo casi para sí mismo.-Rarísimo, si…


-¿Qué pasa?-preguntó Julia, pero nadie le respondió.


   El Dr. Zavala no respondió pues parecía muy interesado en algo que estaba viendo en la pantalla, en la que Julia sólo pudo distinguir lo que identificó como los intestinos.


- Eso quisiera yo saber…-dijo Zavala muy absorto.-Esto no lo he visto nunca, la verdad sea dicha. Tiene que ser eso, pero la forma es…extraña. Demasiado…regular.


- ¿De qué habla? ¿Qué tiene que ser y por qué es extraño?-Julia estaba fuera de sí, a punto desmayarse a causa de la tensión que tenía encima, pero Mauricio la sostuvo del brazo.


- Doctor ¿Qué carajo me pasa?-intervino Jacobo.-Nunca sentí un dolor igual en mi vida.


- Bueno, ahora le voy a pedir unas radiografías y una tomografía urgentes. Para estar seguros.-se fijó que el apósito de la herida estaba manchado de algo parecido a sangre mezclada con agua y lo destapó. Al dejar al descubierto la herida comprobó que ésta estaba infectada y que de ella manaba un líquido espeso que identificó enseguida como pus.-Esto tiene muy mala cara, amigo mío.


- Sí, me lo he curado esta tarde, pero no deja de supurar.-reconoció Jacobo.


- ¿Por qué no me lo dijiste antes, Jacobo?-quiso saber una preocupada Julia. Parece mentira, tú eres médico y yo enfermera y consientes que llegue a este extremo.


- Porque te conozco, vida.-respondió Jacobo pesadamente y con los ojos cerrados.


- Esto que has hecho, Jacobo, es la cosa más estúpida que he visto hacer a un ser humano adulto.-replicó Mauricio.


- Lo sé.-reconoció el enfermo.-Se que es una estupidez, pero no quería fastidiar la comida a nadie.


- Ahora entiendo lo del cambio de camisa…-susurró Julia.


  El médico, una vez que tapó de nuevo la herida, se levantó quitándose los guantes que había estado usando. Los lanzó a la papelera a modo de un tiro libre de baloncesto, pero la pequeña pelota hecha con los guantes cayó al suelo, a treinta centímetros de la “canasta”.


- Vaya, definitivamente el baloncesto no es lo mío.-se lamentó el médico mirando a Jacobo.- Bueno, amigo, le he colocado un nuevo apósito, pero, como se imaginará, hemos de ir a quirófano para abrir esta sutura y limpiarla de la infección, y averiguar la causa de ella.


- De acuerdo, doctor.-susurró Jacobo y se llevó de nuevo las dos manos al vientre. Comenzó a retorcerse de dolor, lo que hizo que Julia se mostrase muy nerviosa y que sólo acertase a acariciarle la frente de forma casi maternal.

- Cariño, me voy a poner bien, ya verás.


  Como era de esperar, Jacobo era el que animaba a su mujer en lugar de ser al contrario. Ya tendría tiempo de hablar a solas con el médico para saber el alcance completo, pero ahora no. En ese momento solo le preocupada disimular todo lo posible. Julia no debía sufrir por su culpa. Debió ser sincero, pero pensó que tendría tiempo cuando regresaran a su hogar.



                                                                 *****

viernes, 10 de abril de 2015

Capítulo 81.

  Cuando dejaron el coche en la zona de parking para el público, situada a pocos metros delante de la puerta de urgencias, Alejandro comenzó a salir de su vehículo mientras Miguel le colocaba la silla a su lado para que hiciera el cambio, y después se reunieron con el resto de los que ya les esperaban en la entrada de urgencias del Hospital Reina Sofía.


-¿Cómo está Jacobo?-preguntó Laura, mientras se acercaban a los demás familiares, que aguardaban en la entrada del hospital.


  Adrián fue quien habló mientras se fumaba nerviosamente un cigarrillo.


- Mal, para que voy a engañarte, Laura.-dijo el menor de sus cuñados.-Está ahí sentado en una silla de ruedas. El pobre se ha pasado todo el camino vomitando.


- Entremos a ver cómo está.-dijo Alejandro.


  Así lo hicieron y, como afortunadamente y por extraño que pareciese, no estaba llena de gente la sala de urgencias, se pudieron sentar todos juntos a un lado de las puertas de cristales que daban a la zona de ingreso. Cuando Alejandro se acercó a Jacobo, éste estaba sentado en una destartalada silla de ruedas de acero inoxidable a la que Alejandro le calculó unos quince o veinte años, y a la que le faltaba ambos reposapiés, que habían sido toscamente sustituidos por unas vendas que habían colocado para que hicieran su función.


  El hombre, que no dejaba de darse masajes en el abdomen, se recostó en el respaldo de la silla, que al notar el peso de su cuerpo se venció hacia atrás, lo que hizo que Jacobo se asustara y se incorporase de nuevo.


- Carallo, esta silla se cae a trozos, por Dios.-dijo.


- Ya lo creo, lo mismo tiene dos décadas.-dijo Alejandro.-Este modelo era el típico de hospital que se fabricaba a mediaos de los ochenta, como poco. Fue en una como esa en la primera que me senté después de que me pusieran el corsé en la espalda, después de la operación.


- Es incomodísima.-reconoció Jacobo mientras se masajeaba los riñones.-El respaldo se hunde de mala manera.


- Como que te jode más la espalda si te quedas en ella más de cuatro horas seguidas, en cambio en ésta mía, puedo estar sentado en ella más de ocho como si nada.


  Jacobo sonrió levemente.


-¿Cambiamos de sillas, cuñado?-preguntó.


- Mira, Jacobo, yo por ti hago lo que sea en este momento, pero de eso a cambiarte mi silla por esa especie de tartana, pues como que no, amigo.


  Un pequeño de apenas cinco años y espesa cabellera negra se acercó a Jacobo.


-¿Te lele tipa?-preguntó con su peculiar “idioma infantil”.


   Jacobo, que se derretía con los pequeños, sonrió.


- Sí, hijo.-fue la escueta respuesta de un debilitado Jacobo.


- A mí tamen lele tipa. Mi mama dise que es por las chuches. ¿Tu tamen has comido muchas chuches?


   Jacobo sonrió ante el desparpajo del pequeño.


-¿Cómo te llamas, hijo?-preguntó encandilado.


- Alejando Matín Cuevaz.-se presentó el niño.


- Anda, si eres tocayo de mi cuñado.-dijo Jacobo y señaló a un divertido Alejandro.-Mira, ese tipo tan feo y flaco se llama como tú.


- Nos ha jodio el Adonis de Ourense.-ironizó Alejandro, que intentaba mantener la calma.


-¿Cuántos añitos tienes, cariño?-preguntó Vicky, mientras le acariciaba la carita al niño, que atento como estaba a la silla de Alejandro, se dejaba hacer.


- Teno cuato añoz.-respondió el chiquitín, mostrando el mismo número de dedos con su manita derecha.-¿Y tú?.-preguntó el pequeño a Jacobo, que se sorprendió con la pregunta.


- Yo tengo algunos más que tú, chiquitín.


-¿Algunos?-repitió Alejandro-Tú no veías Barrio Sésamo de niño ¿verdad?


- Sí, claro, como la mayoría de los que ahora somos cuarentones ¿por qué?-preguntó intrigado Jacobo, que parecía que, distraído como estaba con el pequeño Alex, se había desconectado un poco del dolor.


  Alejandro sonrió.


- Porque no tienes muy clara la diferencia entre algunos y muchos.-dijo y se echó a reír, igual que hicieron los demás.-Se ve que no escuchabas a Coco, el monstruito azul que enseñaba las diferencias entre cerca y lejos y muchos y pocos.


- Bueno, sí, es cierto.-reconoció Jacobo.


-¿Cuántoz anoz tenez?-insistió el pequeño aprendiz de periodista del corazón, dada su curiosidad y persistencia.


- “Espero que uno, como todo el mundo”.-pensó Alejandro, y rió.”Las tonterías que uno piensa cuando está nervioso, la leche”


- Pues…cuarenta y seis.-confesó Jacobo al fin.


  El niño se llevó las dos manitas a la cabeza.


-¡Alaaaaa, que vejo!-exclamó ni corto ni perezoso, lo que provocó el carcajeo general.- Tenez los añoz de mi abelo Juan.


  Alejandro soltó una gran risotada, pues no esperaba semejante comentario de un niño tan pequeño.


-¡Ay le has dao, tocayo!-exclamó Alejandro entre risas, mientras se limpiaba con el dorso de la mano las lágrimas que habían nublado sus ojos a causa de la risa.-¡Que bueno, la leche! El jodio niño, caramba, jajaja.


  La madre del niño dio un respingo como impulsado por un resorte.


- ¡Alex, no seas maleducado! Ya te he dicho mil veces que a la las personas mayores no se les pregunta la edad.-exclamó avergonzada, y roja del sofoco.-Perdónele, por favor. Este niño es un fresco.


- No pasa nada.-respondió un sorprendido Jacobo, mientras se reía con cierta desgana pues el dolor comenzaba a ser muy fuerte de nuevo.-Comparado con él, soy poco menos que una momia.


- Eso ha escocio, ¿eh, Jacobo?-siguió “pinchando” Alejandro, ajeno como todos al estado real del hombre que en ese mismo momento se llevó las dos manos al vientre y se dobló hacia delante.


- Carallo-susurró Jacobo, intentando respirar.


  Julia se levantó de su asiento y fue a atenderle.


- Cariño, ¿estás bien?


  Jacobo levantó la mirada.


- ¿A ti que te parece, Julia?-era evidente que no.-Me duele a rabiar ahora mismo y creo que estoy sangrando de nuevo. Joder ¿Por qué no me llamaron ya, carajo? Los casos de hemorragias tienen prioridad, se supone.


   Jacobo se apoyó en los brazos de la silla de ruedas para incorporarse y entonces vio que estaba sangrando nuevamente, como ya había imaginado.


- Alex, ven con mamá.-le pidió su joven madre, de larga melena negra azabache y muy rizada, y que no podía tener más de veintiún años.


  El niño obedeció inmediatamente, y se sentó a su lado con los bracitos cruzados como todo un hombrecito. La madre le rodeó con su brazo y le dio un beso en la sonrosada mejilla.


- Tendríamos que comentar a los del control que estás sangrando en abundancia, hijo.-dijo Mauricio, que no se separaba de Jacobo desde que había llegado al hospital una hora larga después de ellos.


  Alejandro dio un giro a su silla de ruedas.


- Voy a averiguar por qué no te han llamao ya.-dijo resuelto a ayudar.- Ahora vengo, familia.


  En ese momento sonó la megafonía del hospital.


- Jacobo Carreiras Bou…zas, box 14. Jacobo Carreiras Bouzas, box 14.


  Alejandro sonrió.


- Coño, si que impongo, no me ha hecho falta acercarme para meterles miedo, la leche.


  Una nerviosa Julia acompañó a su marido hasta el interior de la zona de asistencia, acompañados de Mauricio, que como le conocía todo dios en el hospital, entraba y salía de todas sus estancias sin ser amonestado.


  En ese momento un guarda de seguridad de gran corpulencia y estatura, se acercó al grupo de personas.


- Disculpe.-dijo dirigiéndose a Alejandro.-¿Está usted esperando a ser atendido?


- No.-respondió Alejandro.-Están atendiendo a nuestro cuñado.


- Entonces, no puede ocupar una silla de ruedas. Haga el favor de sentarse en uno de los asientos normales, que hay de sobras como puede ver, y ya no somos unos críos para andar jugando con ciertas cosas.


  Alejandro dijo para sí: ”Verás el chasco que te vas a llevar, compadre”.


- Disculpe, pero esta silla es mía y la necesito.


- Ah, ¿entonces esta silla es suya?-repitió el guarde de seguridad.


  Alejandro asintió. “Este tío es gilipollas” pensó.


- Sí, es toda mía.-respondió Alejandro.


  El guarda de seguridad se puso de una tonalidad casi granate de la vergüenza y carraspeó.


- Disculpe entonces. Es que se ha perdido una silla y creí que era ésta, que también es negra y gris.


  Alejandro asintió y el guarda de seguridad se marchó en dirección a la entrada de ambulancias.


- Como que la Seguridad Social se va a gastar tanto en comprar sillas de aluminio.-dijo Alejandro cuando el guarda se fue.-Ni de coña, vamos.


  Miguel sonrió.


- ¿Os apetece un café mientras esperamos noticias?.-preguntó Lalo.


  Todos aceptaron la propuesta y Adrián y Miguel le acompañaron para traer entre los tres, cafés para todos.


- Adri ¿Estás seguro de que es buena idea hablar de aquello con tu familia? Sí quieres hablo yo con ellos…


  La repentina pregunta de su amigo dejó a Adrián tan sorprendido, que apenas pudo responder con su habitual desparpajo.


- Tú chitón, que eres capaz de liar un cirio. Déjame el tema de la diplomacia a mí.


  A Lalo le molestó un poco las palabras de su amigo, pero tuvo que admitir que no estaba falto de razón.


- Es verdad. Te dejo ese tema en tus manos.


- Eso está mejor.- indicó Adrián mostrando una de sus maravillosas sonrisas, sin duda, heredada de su padre, como el resto de su rostro.


                                                           *****

lunes, 20 de octubre de 2014

Capítulo 80.




    Al cabo de un par de horas sin noticias de los chicos, Sole se empeñó en que fueran ellos también al hospital. Deseaba saber si sus hijos estaban a salvo. Como no había forma de conformarla, y como la mañana se había despejado hasta el punto que hizo que dejase de llover y que, poco a poco, las aguas comenzaran a bajar considerablemente, decidieron que irían ellos también al hospital para estar todos juntos. Como eran seis personas y no cabían en un solo coche, decidieron que irían Miguel, Laura y Alejandro en el coche éste y que Lalo acompañase a Gerardo, a Mauricio y a Sole en el coche de Miguel.
- Si que conduces bien, Alejandro.-admitió Miguel, que ocupaba el asiento del copiloto, mientras que Laura iba detrás.
Bueno, a estas alturas ya me dirás.-respondió Alejandro que no dejaba de mirar al coche de Miguel, que les precedía, conducido por Lalo.-Conduzco desde los dieciocho años y sólo he tenido un accidente, eso sí, fue mortal para tres personas.
Ya.-fue lo único que supo decir Miguel.
-¿Cuánto tiempo hace que tienes tú el permiso de conducir, Miguel?-quiso saber Alejandro, más por quitarse los pensamientos que acudían a su mente, que por verdadero interés en la respuesta.
Pues…-Miguel se quedó pensativo un instante.-casi como tú, yo me lo saqué a los veinte años, así que llevo conduciendo veinticinco años más o menos.
- Laura, supongo que tu también conduces…-Alejandro se dirigió a su nueva cuñada, mirándola a través del espejo retrovisor.
  La mujer asintió.
Me lo saqué hace unos doce años, pero solo lo llevo por la ciudad. No me gusta conducir, la verdad.-reconoció.-Lo tengo más que nada por cuestiones de trabajo.
  Alejandro hizo una mueca con la boca.
- Al contrario que Vicky, que hasta ha aprendio a llevar este coche.
-¿Qué mi hermana conduce un coche adaptado?-replicó Miguel con cara de asombro.
  Alejandro sonrió.
Sí, y lo maneja de maravilla. Parece que ha llevao coches adaptaos toda su vida.
Desde luego, cosa que mi hermana se propone, cosa que consigue.-exclamó Miguel con el orgullo de un hermano mayor al que le acaban de decir que su hermana ha ganado el Novel, como mínimo.
- Y que lo digas.-exclamó Alejandro.- De eso doy fe. Me enamoró cuando ni ella misma estaba segura de que esta relación tendría un futuro.
- Esa es mi hermana.-dijo Miguel.-Si se empeña en algo se lanza en picado y sin paracaídas. Por eso le han pasado más de dos cosas, la verdad sea dicha.
  Alejandro le miró sin dejar estar pendiente en la carretera, que a pesar de que había dejado de llover hacía horas, aun tenía balsas de agua en los baches del asfalto.
- Supongo que te refieres a ese impresentable de Tony ¿me equivoco?.
  Miguel negó enérgicamente con la cabeza.
- En absoluto, has dado de lleno en el clavo. -dijo Miguel- Imagino que Vicky te lo habrá contado todo.
  Alejandro asintió mientras giraba el doble volante y presionaba el de la parte de dentro para acelerar la velocidad tras dejar atrás un vehículo que iba demasiado lento.
Hemos hablado de ese tipo, si. Menudo cabronazo, maltratar a una mujer de esa manera. Ya lo dice mi cuñado Jorge, “Dios le da calzoncillos a quien no tiene nada para rellenarlos”.-sentenció Alejandro con tono severo.
   Laura y Miguel, a pesar de estar preocupados por Jacobo, no pudieron evitar echarse a reír.
Muy bueno, sí, señor.-exclamó Miguel riendo.- Creo que ese cuñado tuyo me caería la mar de bien.
  Alejandro sonrió de soslayo mientras no apartaba la vista de la carretera.
- Ya lo creo. Es muy serio en apariencia, pero a veces suelta por esa boca cosas que ni él mismo se espera y acaba riéndose y colorao como un langostino en agosto.
- Me gustaría conocerle.-reconoció Miguel.-¿Os imagináis un mano a mano entre ese Jorge y tú, Alejandro?. Sería para troncharse. Por que mira que eres tú también apañado, tío. Con lo floja que tiene la risa Jacobo, os lo cargáis entre los dos.
-¿Cómo irá, ahora que lo mencionas?.-preguntó Laura en voz alta.
- Seguro que bien, no te preocupes. Sólo quedan unos quince minutos de camino.-dijo Miguel.
  Laura asintió.
- Ya, pero el trozo que nos queda es de muchas curvas y ya sabes que Jacobo se marea si no conduce él.-dijo la rubia esposa de Miguel.
Ostras, en eso no había caído yo.-reconoció Miguel.-El pobre, entre los dolores que tiene y si encima se marea,  y le da por devolver, las va a pasar más putas que Caín.
- Esperemos que no se maree.-dijo Alejandro.-Porque como tenga que vomitar con el dolor de vientre…ufff.
  Mientras tanto, en el coche de Adrián, todos miraban la carretera sin articular palabra alguna. Adrián y Lalo no dejaban de mirarse y el segundo miraba de vez en cuando por el espejo del parasol del coche. Solo Jacobo se quejaba de vez en cuando, mientras Julia y Vicky se aseguraban de hacerle el camino lo más cómodo posible procurando que no le faltase ni agua ni una toallita húmeda que Julia le aplicaba en la frente para tratar de bajarle la fiebre.
- ¿Cómo va eso, Jacobo?-preguntó Adrián intentando que su voz sonara despreocupada.- ¿Te mareas?
No, estoy ben, tranquilo.-respondió un agotado Jacobo, que a duras penas podía mantener los ojos abiertos.-Julia, cariño, teño moita sede.
   Su mujer sacó la botella que llevaba en el suelo del coche, a un lado de sus piernas y después de abrirla se la acercó a la boca a su marido, que bebió con avidez un buen trago.
-¿Mejor?-se interesó Julia.
   Jacobo asintió.
- Sí, mucho mejor, vida miña.
Vale, cielo.-susurró Julia mientras le acariciaba la sudorosa frente.
- Vicky, siento haberos fastidiado las vacaciones.-se lamentó Jacobo.
   Ella sonrió.
No seas tonto, hombre.-dijo Vicky intentando que su voz sonara despreocupada.-Eso es lo de menos, Jacobo. Ahora lo que nos interesa a todos es que te recuperes del todo lo antes posible. Eso sí, las vacaciones las repetiremos todos los años de ahora en adelante.
- Trato feito, Vicky.-respondió Jacobo intentando sonreír.
Te veo algo pálido.-advirtió Lalo, que le observaba con preocupación desde su sitio, en el asiento del copiloto.-¿te sientes bien de verdad?
  Jacobo respiró profundamente y negó.
- Me siento mareado. Me temo que voy a vomitar de un momento a otro, chicas.-advirtió Jacobo, mirando primero a su mujer y luego a Vicky.
   Julia, que a previsora no la ganaba ni su hermana, sacó de su bolso una bolsa de plástico de una gran superficie y se la entregó a su marido, que apenas le dio tiempo de cogerla para usarla. Jacobo, con cada arcada, se llevaba la mano al abdomen para tratar de controlar la envestida de dolor.
No te preocupes, cariño.-le dijo Julia.-Yo te sujeto la cabeza.
- Siento daros este espectáculo, chicas.-se lamentó Jacobo.
  Vicky le acarició la frente.
No te apures por eso. ¿A caso crees que eres el único que vomita en un coche?
- Supongo que no.
- Pues claro que no, hombre.-replicó Adrián desde el asiento del conductor, mientras no dejaba de mirar a la carretera, que a esas horas de la madrugada, estaba a oscuras, aunque, afortunadamente, no se había encharcado a penas.-Yo también me mareo cuando voy de copiloto. Me pongo malísimo. Lalo ¿te acuerdas del viaje a Alicante?
   Lalo sonrió.
- Calla, calla, no me lo recuerdes, tío.-respondió el joven rubio y luego giró la cabeza para hablarle a las hermanas de Adrián.-Chicas, me tenía tan harto de parar cada dos por tres para que vomitase en los arcenes de la carretera, que si dura el viaje un kilómetro más, le tiro al mar sin contemplaciones.
  Adrián soltó una carcajada.
Eres el colmo, tío. Cualquiera diría que eres un mártir.
- Creo que para santo, sólo me falta la corona.-bromeó Lalo.
- Ya será menos, San Gonzalo.-le espetó Adrián riendo divertido, a pesar de que no dejaba de preocuparse por Jacobo, que ahora dormitaba echado sobre el hombro  de Vicky.
- Vicky, se ha dormido con la cabeza en tu hombro.-advirtió Lalo.
- Sí, no pasa nada. Estoy bien así, y no quiero despertarle.
  El joven asintió, mientras volvía a colocarse mirando a la carretera. Julia, con la mano de Jacobo entre las suyas, no escuchaba la conversación que se sostenía a menos de un metro de ella, tenía la mente en otra cosa y a penas sentía el rumor de las voces de los dos chicos que, intentando calmar la situación, bromeaban sobre cualquier cosa.
****



Capítulo 79.


   Cuando su hermana regresó junto a Jacobo, Vicky decidió volver junto a Alejandro, que la esperaba sentado en la cama de sus padres. Los demás estaban repartidos por la estancia y por el pasillo, unos sentados en el suelo y otros en la cama con Alejandro.
-¿Qué haces subido a la cama? ¿Te pasa algo?-quiso saber Vicky con gesto de preocupación.
- No, solo que me dolía la espalda de estar en la silla y tu madre se ha empeñao en que me siente en la cama a descansarla.
  Sole, que estaba sentada junto a Alejandro, asintió decidida.
- Por supuesto que he insistido.-replicó.-Faltaría más…El pobre tiene que tener la espalda molida de estar sentado en esa silla todo el día y más a estas horas de la madrugada, que debería estar en la cama.
   Alejandro sonrió.
- Sole, eres el colmo.-exclamó-Agradezco que quieras cuidar de mí, eso que quede muy claro, pero quiero que sepas que me repatea de mala manera que me traten con privilegios por estar lesionado. Eso no lo consiento, ¿de acuerdo?. Si tú, Mauricio y Gerardo, que sois los tres más mayores, dicho sea con todo mi respeto y cariño, estáis despiertos y sentaos en el suelo, no sé por qué yo no puedo hacer lo mismo…
   Sole iba a replicar, pero su hija la detuvo poniéndole una mano en el codo.
- Mamá, no insistas que con Alejandro me parece que has dado con tu horma de tu zapato.
- Tengo que reconocer que es casi más testarudo que yo.-confesó la mujer sonriendo.-Y mira que creía que eso era difícil de superar por otra persona que no fuese tu padre.
- Yo no me he metido con nadie.-dijo Gerardo sonriendo.-Así que no me metas en tus batallitas.
  Alejandro sonrió.
- Suegro, por una vez, y sin que se convierta en una costumbre, tengo que darte la razón.-dijo Alejandro.
- Lo que me faltaba, ahora mi padre y mi novio se conchaban.-dijo Vicky poniendo cara de fingido asombro.
- Vicky, a ver si te aclaras.-dijo Alejandro.-¿Tu no querías que nos llevásemos bien?.
  Vicky asintió.
- Sí, claro. Pero no tanto.
- Desde luego, hija, a las mujeres no hay quien os entienda.- sentenció Gerardo.
  Todos soltaron la risa, que les vino muy bien para liberar la tensión acumulada, pero de repente, un alarido les hizo enmudecer a la vez.
-¿Qué ha sido eso?-susurró alarmada Laura.
- Ha sido Jacobo.-dijo Vicky que se levantó rauda de la cama y se dirigió a donde estaba su cuñado. Mauricio y Sole la siguieron también.
  Al salir se encontraron con una descompuesta Julia que había salido al pasillo a pedir ayuda.
- Se me muere, Mauricio.-dijo Julia con rostro desencajado.
  Vicky se abrazó inmediatamente a su hermana.
- Tranquila, cariño. Dejemos a Mauricio que le examine.
   Las dos mujeres se quedaron abrazadas en el pasillo junto a los otros miembros de la familia.
   El hombre entró en la sala a tiempo de presenciar como Jacobo se incorporaba en el lecho y se llevaba las dos manos al vientre. Cuando se fijó en las personas que entraban en la sala, se volvió a dejar caer en la cama.
- Mauricio…esto no me gusta nada.-dijo mientras trataba de destaparse.-Creo que… vuelvo a sangrar.
- Espera…
  El médico se acercó y le destapó lo necesario para poder ver que, efectivamente, tenía una fuerte hemorragia anal, que había teñido de rojo las sábanas.
- Ya no podemos esperar más, familia.-dijo Mauricio.- Sea como sea, hay que llevarle a un hospital ahora mismo.
   Adrián, como siempre, fue el primero en reaccionar. Propuso llevar a Jacobo, que no dejaba de decir que no quería salir de la casa, en su coche, que al ser un todo terreno, era más fácil que pudieran sortear el caudal de agua que, a pesar de que yo no llovía hacía varias horas, aún no había bajado de altura.
   Eran casi las cinco de la mañana cuando estuvieron listos para salir. Decidieron que fueran con Adrián, Julia, y Vicky, que no quiso dejar a su hermana sola en un momento así.
- Venga, Jacobo, que ya queda menos.-le animaba Miguel mientras le acercaba al coche con ayuda del solícito Lalo.
   Jacobo llevaba un chándal de verano color gris claro y unas deportivas.
- Me cuesta horrores dar el paso.-admitió Jacobo que estaba medio dejado caer sobre los hombros de su cuñado y de Lalo.
- Ya solo queda un par de metros.-le animó Lalo.-Adri ha dejado el coche muy cerquita de la puerta para que no te canses demasiado.
- Éste Adrián, siempre pendiente de todo.-dijo Jacobo.
  Entre Vicky y su madre habían colocado una manta en el asiento de atrás de la Renault Kangoo blanca de Adrián, y en ella acomodaron a Jacobo, para luego sentarse a sus flancos Julia y Vicky.
- Tened mucho cuidado, hijos.-les rogó una preocupada Sole, que veía como tres de sus hijos de aventuraban a salir en una noche tan peligrosa.
  Adrián se abrazó a ella y luego se sentó al volante de su coche.
- No sufras, madre. No nos va a pasar nada, ya lo veras.-dijo el joven mientras giraba la llave del contacto y el motor comenzó a rugir, para luego enfilar la calle camino de la carretera que les llevaría a Huelva capital, a dos horas en coche a buen paso.
- Eso espero.-susurró Sole casi para sus adentros, en el preciso momento que Adrián aceleraba el motor y el vehículo empezaba a circular calle abajo en dirección a la carretera principal.- ¡Y llamad en cuento sepáis algo!

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Capítulo 78.




  

Cuando los dos chicos y el médico entraron en la casa, Adrián sintió como su hermana Julia lloraba en el piso de arriba. Preocupado, subió rápidamente seguido por Lalo y Mauricio que, por su edad, no podía seguir el ritmo de los dos hombres a los que doblaba la edad.
- Julia, ya estamos aquí.-dijo Adrián mientras avanzaba por el pasillo.
  En ese momento Alejandro salió de la sala de Jacobo.
- Daros prisa, está muy jodido.-les apremió.
  Cuando entraron en la habitación, la central de las tres que había en el lado izquierdo de la escalera, en la que estaban también Vicky, Laura y Sole acompañando a Julia, vieron como Jacobo estaba muy pálido y que se cogía el vientre con ambas manos, haciendo claros gestos de dolor.
- Mauricio, se me muere.-susurró Julia abrazada al médico.
- Eso no lo voy a permitir, hija.-respondió el médico.-Venga, aquí no quiero a más de una persona conmigo ¿vale? Como mucho, dos.
  Sole asintió.
- Venga, vamos fuera, hijos.
- Mamá, quédate conmigo, por favor.-le pidió Julia.
  Sole asintió.
- Claro, hija mía.-respondió Sole acerándose a su hija y abrazándola con ternura, como cuando era una niña asustada por los relámpagos y los truenos de una de las muchas tormentas de verano que solían ser tan habituales en la zona.
   Vicky, Laura y Alejandro se quedaron en el pasillo.
- Pobre Julia, está muy nerviosa.-dijo Laura.
- Es normal, yo no sé como estaría de ser Alejandro el que estuviese en el lugar de Jacobo.-reconoció Vicky.
  La siguiente media hora pasó muy despacio para las personas que esperaban noticias en el mismo pasillo de la casa. Nadie podía pensar en nada que no fuera en Jacobo y su estado de salud. De pronto, la puerta se abrió y salieron Mauricio y Sole.
- Mamá…-Vicky se acercó a ellos, seguida de Alejandro.
  Los demás se fueron acercando.
- ¿Cómo está Jacobo, madre?-se interesó Miguel.
- Mauricio…-instó Vicky.
  El médico hizo un gesto de disgusto.
- Bueno, no voy a negar que está grave.-dijo ante la cara de desazón de todos.-Tiene muchísima fiebre, y la tensión bajísima. En cuanto al pulso, lo tiene por las nubes, y todo eso, junto con el sangrado que decís que ha sufrido en un par de ocasiones, nos dice que, muy probablemente, tenga una hemorragia interna. Le he dicho a Julia que yo estoy convencido de que todo esto parece una secuela de una mala praxis durante la operación de apendicitis, pero sin medios a mi alcance no puedo confirmarlo.
- Hijo ¿Qué es eso de mala “pasis”?.-preguntó Gerardo a Alejandro, que estaba a su lado, cosa que sorprendió al hombre.
- Bueno, una mala praxis es como decir de forma elegante, que un médico o enfermera ha metido la pata en algo durante la operación o justo después, en el postoperatorio.
- La madre que los parió…-masculló Gerardo.-Si eso lo hacen con un médico con el que trabajan, que no harán con un desconocido…
  Alejandro asintió con pesar.
- Buena pregunta, Gerardo.-susurró Alejandro algo ensimismado. .-Buena pregunta…
Sin duda, todo el asunto de Jacobo, sin tener demasiados puntos en común con su propia historia, le había hecho recordar los días posteriores al accidente, cuando despertó aquella soleada mañana preguntando por Elisa y los niños, y nadie le daba razón sobre ellos.
   La voz del médico sacó a Alejandro de sus pensamientos.
- Si no os molesta, yo me quedo aquí hasta que Jacobo mejore o que el agua de ahí fuera desaparezca. Lo que ocurra primero…
- Por supuesto, Mauricio.-le dijo Gerardo.
- De todas formas, convendría llevar a Jacobo a un hospital lo antes posible.-dijo Mauricio.- En cuanto baje el nivel del agua, si estáis de acuerdo, yo mismo le llevo al provincial.
- Eso ya se verá.-dijo Miguel.-Ahora lo que interesa es que no empeore antes de que baje toda esa agua de ahí afuera.
   Las siguientes horas fueron tensas. Por un lado por el aguacero que volvió a descargar en plena madrugada, que hizo que volviera a subir el agua que había entrado en la casa y por el otro, y no menos preocupante, el estado de Jacobo, que no mejoraba ni un ápice, todo lo contrario, la fiebre le había subido hasta alcanzar casi los 40º C y eso hacía que se pasara todo el tiempo inquieto y delirando. Julia, acompañada en todo momento su hermana, estaba muy preocupada por su marido.
- Vicky ¿cómo le ves tú?.-preguntó en un momento dado a su hermana, esperando que esta le diese una respuesta que la animase un poco.
   Las dos mujeres estaban sentadas en la cama que Julia había estado ocupando desde que llegaran a la casa y que antaño había pertenecido a su hermano Miguel. Jacobo, a su vez, descansaba en la que había ocupado Adrián cuando era niño, pues ahora utilizaba la contigua, que era exactamente igual de grande y con la misma distribución, pero que no estaba tan cerca del baño, pues él decía que le despertaban con el ruido de la cisterna del baño.
- Bueno, cariño, yo no soy médico, pero creo que está igual. Al menos no ha empeorado. Eso no anima, ya lo sé, pero de momento es lo que hay.
  Julia asintió.
- Yo creo que ahora tiene mejor cara.-dijo la mujer mientras acariciaba el rostro a su marido que no era consciente de que ocurría a su alrededor
- No se le ve tan pálido.
  Vicky se preguntó si la mejoría que su hermana veía en Jacobo no era más producto de su propia esperanza que de la realidad, pues ella lo veía más o menos igual.
- Xulia…-susurró Jacobo sin abrir los ojos.
  La mujer se arrodilló junto a la cabecera de la cama y le pasó un paño húmedo por la cara para refrescarle. Jacobo apenas si abría los ojos. Estaba muy débil y le costaba mucho esfuerzo respirar a causa del dolor que sentía en el abdomen.
- Cariño…-susurró Julia.
  Jacobo la miró. En sus ojos castaños se reflejaba claramente el sufrimiento que sentía.
- Mi vientre…ohhhh, Xulia… vida…
  Jacobo tenía los brazos cruzados sobre el abdomen con los que se presionaba, mientras se giraba de lado y se colocaba en posición fetal.
  Julia le pasaba el paño húmedo sobre la frente y el rostro, mientras Jacobo se movía inquieto a causa del fuerte dolor.
- Tranquilo, cariño mío.
- Me duele horrores, Xulia.-susurró el hombre con evidente gesto de dolor en el atractivo rostro.-Estos días eran como punzadas, pero ahora son retortijones, y de los fuertes. Uff.
  Vicky se acercó a su cuñado y le acarició el cabello.
- Tranquilo, cariño. Te llevaremos al hospital lo antes posible.
- Con este tiempo, ni falar…-susurró Jacobo, pero no pudo acabar la frase a causa de otra embestida de dolor.-Ay, como me duele..., carallo.
  Jacobo se incorporó un poco en la cama, pero se dejó caer en seguida. Se sentía agotado y se quedó dormido poco después.
  En ese momento alguien llamó a la puerta con los nudillos y entró. Era Laura, que traía unos vasos de café con leche para sus cuñadas.
- Os traigo un vaso de cacao fresquito. Supongo que os sentará bien.-dijo mostrándoles una bandeja con dos vasos.
  Vicky cogió uno y sonrió.
- Gracias, Laura. Me apetece, la verdad.
- No puedo tomar nada, Laura, pero te lo agradezco mucho.-dijo Julia que seguía acariciándole la mejilla a su marido, intentando con ello mantenerle tranquilo.
- Venga, Julia, mujer, te sentará bien.-le animó su cuñada mostrándole el vaso.
   La mujer, se lo pensó un momento y aceptó.
- Está bien, Laura. Me la tomaré.
-¿Cómo sigue Jacobo?.-se interesó acercándose muy despacio a la cabecera para no despertarle.
- No sé, creo que igual.-comentó Julia.-Sigue quejándose de dolor.
- Al menos parece que tiene más color.-dijo Laura, con la sana intención de dar ánimos a Julia.
- No sé, yo le veo muy malito, Laura.-se lamentó Julia, cuya voz, ahora a penas era un susurro.-Se me muere, hermanita. Jacobo se me muere.
  Vicky la abrazó.
- Shh, no digas eso, veras como se recupera en nada.-intentó animarla.- De aquí a un par de días te voy a escuchar renegar con él porque se ha manchado comiendo, ya lo veras.
- Ojala, Vicky. Ojala tengas razón.
- Estoy convencida.
- Vicky tiene razón, se recuperará en nada.-intervino Laura tratando de transmitir calma a su cuñada con su bonita sonrisa.
   Procuró que las palabras sonaran más creíbles en los oídos de su cuñada que para los suyos propios, pero pensó que no lo había logrado al ver que Julia empezaba a llorar en silencio.
- Tranquila, cariño.-le dijo su hermana menor abrazándola.-Venga, tómate el cacao antes de que se caliente.
  Cuando se Julia acabó de tomárselo, Laura se marchó de nuevo, no sin antes recordarle que si la necesitaba para lo que fuera, no dudase en llamarla, pues estaba, junto a los demás, en la sala de los padres, una de las dos de mayor tamaño que tenía la casa, junto a la de Vicky y Alejandro, que eran casi dos metros cuadrados más amplias que las otras cuatro.
   Adrián apareció al cabo de un rato y se dirigió a la mayor de sus hermanas.
-¿Cómo sigue?.
  Julia negó con la cabeza.
- Regular.-respondió.-A ratos le duele mucho el vientre, Adri.
  Adrián hizo un gesto de pesar y se abrazó cariñosamente a su hermana.
- Se pondrá bien, no sufras, preciosa.
- Eso espero.-susurró Julia, acogiéndose a los brazos de su hermano menor y atrayéndoles hacia sí, para quedar abrazada con ellos, con lo que pretendía sentirse más protegida, pero no surtió el efecto deseado.
- Adrián ¿sigue lloviendo tanto?-preguntó Vicky.
  El joven asintió mientras se erguía de nuevo después de haber abrazado a Julia.
- Por cierto, Julia, mamá dice que vayas a donde los demás e intentes dormir un poco.-dijo el menor de los hermanos Fernández.
- No pienso dejar solo a mi marido, Adri.-dijo Julia con voz fingidamente firme.
- Julia, no le dejas solo.-replicó Vicky.- Yo no pienso moverme de aquí. Venga, ve con Adri, te vendrá bien despejarte un poco.
- ¿Y si me necesita?
- Si te necesita, voy a buscarte.-dijo Vicky.-Sólo nos separa un pasillo, no te preocupes.
- Venga, va, Julia.-le rogó su hermano.- Vicky saldrá a llamarte si es preciso. Aprovecha ahora que parece que está más tranquilo.
   El joven, sin esperar la respuesta de su hermana, la cogió del brazo y la ayudó a levantarse de la cama donde estaba sentada, junto a la que ocupaba Jacobo, que en ningún momento fue consciente de lo que hablaban a pocos centímetros de él.

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